"Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos": Acoso escolar, empatía y sensibilidad

Por Catherine L’Ecuyer
Esas fueron las últimas palabras de un niño de 11 años que se arrojó ayer al vacío desde la ventana de su casa.
“Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré como nunca os olvidaré a vosotros. Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo. Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios. Los dos sois increíbles pero juntos sois los mejores padres del mundo. Tata, tú has aguantado muchas cosas por mí y por papá, te estoy muy agradecido y te quiero mucho. Abuelo, tú siempre has sido muy generoso conmigo y te has preocupado por mí. Te quiero mucho. Lolo, tú me has ayudado mucho con mis deberes y me has tratado bien. Te deseo suerte para que puedas ver a Eli.

Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Por favor espero que algún día podáis odiarme un poquito menos.

Os pido que no os separéis papá y mamá, sólo viéndoos juntos y felices yo seré feliz. Os echaré de menos y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo.Bueno, me despido para siempre. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo muy pronto Tata.

Diego González”
¿Qué ocurre en la cabeza de un niño, o de cualquier persona, que sufre acoso, calumnias, indiferencia, que recibe a diario miradas de sospechas y de odio por parte de las personas de su entorno?
Algunos transforman el odio en rencor, en venganza, y se convierten en seres amargados y violentos. No fue el caso de Diego, que solo tuvo palabras amables al despedirse. Otros, quizás por falta de recursos, se desesperan y no ven salida. ¿Qué hace una persona cuando acaba de llorar todas las lágrimas de su cuerpo y no tiene a nadie que pueda recogerlas y ayudarla a dar sentido a lo que está viviendo, a ver aunque sea la sombra de una esperanza, a perdonar? ¿Es posible que un niño sea tan cruel como para conseguir que otro caiga en la desesperación hasta tirarse al vacío? ¿Puede un niño de 5, 10, 12 años resistir a las calumnias, a la indiferencia, al odio día tras día, sin que nadie le presta atención y comparta el peso de su sufrimiento? ¿Podríamos nosotros?
Decía Simone Weil, “Los seres humanos están hechos de tal forma que los que estrujan a los demás no sienten nada; son las personas estrujadas quienes sienten lo que está ocurriendo. A no ser que una persona se hay a pasado al lado del estrujado, para sentir con él, no podrá entender”.
“Sentir con”. Algo tan importante, y tan escaso… “La insensibilidad casi siempre acaba con la frivolidad, y últimamente con la banalidad del mal. Como dice el filósofo, también director de orquestra, Iñigo Pírfano, “el problema más grave es que no se es consciente de la gravedad del problema: esa es la esencia de la frivolidad”. Y eso no ocurre necesariamente con las personas que han escogido el mal como opción vital, resulta casi imposible imaginar que esas personas existan, sino con las que, por querer casarse con todas las posturas posibles, acaban banalizándolas. Al mal como al bien. A la mentira como a la verdad. Al feísimo como a la belleza. Porque la falta de sensibilidad impide que se entre en sintonía con el bien, la verdad y la bondad. Esa es la fuente del mal que realmente hace daño en la educación, porque se banaliza prácticamente todo y, por lo tanto, no se calibra la realidad tal como es. No se banaliza la violencia machista, pero sí el machismo. No se banaliza el homicidio, pero sí la violencia. No se banaliza la crueldad del acoso escolar, pero sí la falta de empatía y de compasión en los patios. No se banaliza la pedofilia, pero sí la pérdida de la inocencia de los niños.” (Educar en la realidad)
Por lo tanto, un educador que carece de sensibilidad no sería educador, a pesar de dedicarse a ello a tiempo completo y con la mejor de las intenciones. Y un niño que carece de sensibilidad puede, sin darse cuenta o tener culpa por ello, ser causa de multitud de males para sí mismo y para los demás.
La empatía, el “sentir con”… Una cualidad que, ojalá, sepamos encarnar y transmitir a nuestros hijos. Quien es sensible sabe ponerse en el lugar del otro, entiende el dolor y el peso insoportable que provocan las calumnias y el odio. El empático es consuelo, nunca tortura con palabras mezquinas. Soporta el dolor con el otro, prestándole atención paciente.
Queridísimo Diego, nosotros no podemos juzgar a nadie porque no sabemos. Pero eso sí, te podemos pedir perdón. Simone Weil decía que “la capacidad de dar la propia atención a quien sufre es algo muy raro y difícil; es casi un milagro; es un milagro. Casi todos los que creen que tienen esta capacidad no la poseen.” Quizás por ese milagro pediste cuando te despediste: “Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos”. Diego, vamos a pedir contigo por ese milagro ahora. Que todos los educadores y compañeros tengan la sensibilidad para percibir, y nunca banalizar, el dolor que sienten los que padecen acoso, calumnias, indiferencia y odio. Que sepan sentir con ellos hasta llegar a decir: ¡Cuánto duele! Pedimos, para unos y otros, el milagro de esa atención, que es el verdadero barómetro del amor.

10 comentarios sobre “"Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos": Acoso escolar, empatía y sensibilidad

  1. Soy Director de un centro público en El Puerto de Santa María y en relación al próximo día 30 de Enero, en el que celebramos el día escolar de la NO- violencia y la Paz, decidí organizar un acto donde hiciéramos un recuerdo a Diego. Me he encontrado con una madre que me ha pedido por favor que no demos a conocer la carta a los niños porque su hija “no pudo dormir en toda la noche”. ¿ Que le parece ? Los niños ven violencia hasta no poder más en TV, programas dónde la gente se agrede, tienen ordenadores en sus dormitorios donde ven lo que les apetece y resulta que se escandalizan porque queremos sensibilizar a nuestros alumnos en lo que considero una situación gravísima de nuestra sociedad actual, la falta de empatía con el prójimo.
    Un saludo y gracias por su labor.

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  2. Estuve a punto de comentarlo en el post. Yo soy partidaria de no comentar ese acontecimiento trágico con los niños. La educación en la empatía se ha de plantear en positivo, no dando miedo a los niños.

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  3. En loa países del Norte no dan todas las noticias de suicidios, porque puede tener un efecto contagioso. El efecto contagioso es mas peligroso sin en los niños que en los adultos. Respeto la opinión contraria, pero esa es nuestra postura en casa.

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  4. Es cierto que los niños ven mucha violencia en las pantallas, pero creo que ese hecho es otro problema por solucionar urgentemente (que puede ser causa de la actitud violenta de un acosador por cierto), no puede ser justificación para añadir mas a ello.

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  5. No lo se. Solo pienso que es muy triste y que hay que educar a los acosadores desde sus casas. Yo sufri acoso escolar, por suerte un poco mas mayor, a los 14 años. Nunca pensé en suicidarme pero no dudo que ello ha repercutido en otros aspectos de mi vida. Hoy en día siento desprecio, -no odio ni rencor- por todo aquel entorno que ya nada tiene que ver conmigo. Pero que en definitiva ha contribuido a hacerme quien soy.

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  6. Hola Ricardo, me parece estupendo que se enseñe esta carta a los niños y niñas porque hace entender y no banalizar como dice el texto todas esas acciones que en el colegio suceden día a día. Yo las viví en mi misma y en otras personas y me hubiese encantado que alguien hubiese dicho basta ya a los insultos, capones, escupitajos, a esa falta de empatía, a ese dejar de lado. Les viene bien a los niños y a los profesional que hacen como que no han visto nada. También creo firmemente que desde casa se puede hacer un gran trabajo, conocer a tu hijo es muy importante, reconocer en que posición está; hostigador u hostigado o bien pertenece al gran porcentaje de niños que lo ven y no dicen nada por miedo, por costumbre o por pasividad.
    Esperó haberte ayudado a decidirte si mostrar o no esa carta.

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  7. Me parece que hoy en día los niños ya no son tan racistas como hace unos años porque hay mucha más información e incluso nuestros padres ya no hacen comentarios tan despectivos hacia personas de diferente nacionalidad pero siempre está bien contar con estos consejos, excelente artículo

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  8. En qué mundo vivimos? Diego, un niñito muy cariñoso que dice que ama a sus padres pero no puede hablar con ellos para buscar una solución a su problema. Creo que debemos reforzar en los chicos su capacidad para resolver sus problemas y/o buscar soluciones. Y no perder nunca con los hijos una comunicación adecuada.

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