Contemplar un niño durmiendo

 
Por Catherine L’Ecuyer
Autora de Educar en el asombro
 
Qué maravilla la de contemplar un niño durmiendo. ¿Por qué será que cuando los vemos así, quisiéramos despertarles, para achucharles y decirles que les queremos todas las veces que no lo hemos hecho? ¡Qué sensación maravillosamente extraña la de querer dormir impacientemente al que está despierto para luego sentir el deseo irresistible de despertarle cuando está apaciguamente durmiendo! Quisiéramos pedir perdón por las formas injustas que han empañado el cristal puro y trasparente de su inocencia. Por haber perdido los nervios, por nuestras miradas duras, por haber desperdiciado momentos con él, por haber deseado que, por fin, se duerma. Así es la dulce culpabilidad que habita permanentemente en el corazón de una madre que ama.
 
Es un espectáculo, una verdadera orquesta silenciosa, más hermoso que una puesta de sol o que una lluvia de estrellas. El movimiento de los párpados, la respiración entrecortada por repentinas inspiraciones ondas, las manitas cerradas o abiertas. Es la despreocupación y la vulnerabilidad infinita del que tiene frío y no sabe taparse, del que acaba en el suelo sin ni quisiera despertarse. Su naturaleza le susurra misteriosamente que está a salvo, en las pupilas de su madre, de su padre. Perdido en sus sueños, parece que haya conseguido superar las fuerzas de la gravedad volando en el mundo de los dulces sueños. Parece que esté en los brazos de algún ángel. Nos rendimos ante esa divina obra de arte.
 
Al amanecer, cuando al mismísimo instante de abrir esos ojitos, se dibuja una sonrisa asombrada al vernos, nos derretimos. ¿Quién soy yo para despertar tanto agradecimiento y tanto amor en una criatura tan pequeña? Es asombro que engendra asombro. Es el amor el más puro y tierno que habla: “me da igual tus miradas duras y tus deseos de verme dormir cuanto antes, yo te necesito y te quiero siempre”. Es la vulnerabilidad en estado puro que redime cualquier rastro de culpabilidad en nuestro corazón materno. Si esa inocencia no me ayuda a ser mejor y a sacar lo mejor de mí misma, nada jamás podrá conseguirlo.
 
Ese dulce momento es efímero… el despertar es radical. Se va marchitando el disfraz de angelito, se levanta y se pone en marcha la criatura sin piedad. Se desvanece el asombro, la culpabilidad y la obra de arte… así como la esperanza de dormir un poco más. Recuperando fuerzas para morder más fuerte… qué pillo, pensamos. Y en el día de hoy nos dejamos morder con un poco más de piedad y de amor, porque hemos entendido que la infancia también es una noche muy corta, de la que nos despertaremos un día con nostalgia por ese divino espectáculo de la inocencia.

5 comentarios sobre “Contemplar un niño durmiendo

  1. Muy bonito Catherine, cada noche a las 4 de la mañana tengo esos pensamientos cuando me despierto a hacer un control de glucemia a mi hija de 7 años (el regalo de la diabetes fue a los 18 meses, fue un auténtico regalo divino que me ayuda a ser mejor). Sus ojos, su pelo, su respiración…todo en manos de Aquel que la cuida entre noche. Y siempre ese pensamiento “por qué te lo habré dicho de esa forma, por qué no habré sabido explicarte mejor esto, por qué no te he escuchado cuando me contabas eso, por qué me preocupa tu futuro…”. Y todo esto también en un corazón de padre.

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  2. Alberto, es verdad! Veo que se me escapó “de su madre”. Es que soy la autora del artículo y soy mujer y madre y… se me escapó… 🙂 He añadido “y de su padre”. Por supuesto que esa es una experiencia que está al alcance de toda madre y de todo padre. Un abrazo y gracias.

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