La retórica de lo nuevo

Por Catherine L’Ecuyer
Publicado en la revista Magisterio, 28/09/16

Solo hay una manera de empezar para los que pretenden no equivocarse en sus deliberaciones: saber de qué trata la deliberación; de lo contrario, forzosamente, nos equivocaremos, decía Sócrates.

Un error común en cualquier debate consiste en polarizar el discurso entre los a favor y los en contra, dejando los moderados como invencibles ganadores del ficticio dilema. El moderado se define a sí mismo como a mitad de camino entre dos opciones radicales. Su persuasión carece de profundidad en el planteamiento y de fundamento en los hechos, opta por apoyarse en lo que marcan las modas, lo políticamente correcto, las apariencias. Baila a medio camino entre una postura y la otra, como las hojas que se lleva el viento. Es demagogo, en la medida en que su discurso apela a prejuicios, emociones, miedos o esperanzas, para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica. Por eso cae bien, es simpático.
 
Desgraciadamente, el debate educativo no es ajeno al baile de la retórica. Hablemos de la nueva educación y de todas sus hijas, las nuevas metodologías. Últimamente, parece que todo vale, hasta confundir fines con medios, para sacarse de encima las reminiscencias de conductismo y de mecanicismo que arrastramos de un pasado no demasiado lejano. Pero ¿cuáles de esas metodologías han pasado por el filtro del rigor científico? Cuando hablamos de pedagogías innovadoras, conviene dejarnos de bailes simpáticos y ceñirse a los hechos educativo-científicos, pues todos tenemos derecho a nuestras opiniones, pero no a nuestros hechos. Todos podemos confundir bueno con nuevo, pero ese argumento no resiste a la prueba del tiempo, porque todo lo nuevo deja, eventualmente, de serlo. No es cuestión de estar en contra de todo, o de nunca estar en contra de nada, tan solo se trata de pedir educadamente a la postura innovadora que documente su hipótesis. Sino, forzosamente nos equivocaremos, como decía Sócrates. Por lo tanto, la postura la más razonable es la de reconocer que el peso de la prueba de demostrar el beneficio científico descansa en el que usa o impone el uso de “lo nuevo”. Tan solo se trata de aplicar el perenne, básico y sencillo principio de prudencia. Qué menos, si además tratamos de niños.