¿Hacemos la prueba del aburrimiento?

Por Catherine L’Ecuyer

Ahora que estamos de vacaciones, es un buen momento para observar a nuestros hijos en momentos en que no hay actividades estructuradas, ni sobre estímulos externos. Hagamos lo que llamo yo la “prueba del aburrimiento”. Dejémoslos jugar libremente unas 2 horas con sus hermanos, sin juguetes, sin colchonetas, sin cromos, sin pantallas, sin bicicleta, en espacios abiertos en la naturaleza, y observemos como se desenvuelven. ¿Se entretienen solos, tranquilamente, imaginándose juegos, o bien se aburren y experimentan ansiedad y hiperactividad? No es normal que los niños de entre 3-6 años se aburran, porque su creatividad es infinita y, en principio, todavía poco contaminada. Cuando los niños se aburren, es que durante el resto del año, están condicionados por un ritmo de vida frenético, por un ambiente demasiado estructurado, o por niveles de estímulos demasiado altos. Si nuestros hijos pasan la prueba en la naturaleza, luego podemos repetirla en una sala de espera en el dentista o en el médico…  por supuesto, en aquellas en que no haya pantalla (quedan pocas…).
 
Adjunto una corta presentación en el muy conocido foro TedTalks, realizada por Dimitri Christakis, experto mundial en el efecto pantalla en los niños pequeños. Christakis argumenta, con mucha gracia, que los contenidos rápidos de la pantalla (cambios abruptos de escena, luces intermitentes, ruidos, etc.) que se ven hasta en contenidos muy infantiles, como Pocoyo o Baby Einstein, condicionan a nuestros hijos a unos ritmos extremadamente rápidos. Consecuentemente, la vida cotidiana les parece muy aburrida, lo que les provoca nerviosismo, hiperactividad y ansiedad. Esa es la razón por la cual muchos padres se quejan de que sus hijos “no pueden estarse quietos”. En sus investigaciones, Christakis también asocia la sobreestimulación con la disminución de la aversión al riesgo, lo que explica el fenómeno del niño “kamikaze”, el niño de más de 3 años que hace cosas muy peligrosas sin darse cuenta del riesgo que ello comporta. Lo hace buscando sensaciones nuevas, para aliviar su adicción a la sobreestimulación. 
 
En fin, se trata de un círculo vicioso que se rompe adaptando el entorno del niño a lo que necesita su naturaleza, sus ritmos, su orden interior, tanto en casa como en el colegio.

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